He creado cosas desde que tengo uso de razón. Primero dibujando y escribiendo a mano, y después haciendo lo mismo, pero con un ordenador. Forma parte intrínseca de mi ser, y no puedo evitar fijarme en los detalles minúsculos, los patrones ocultos, las palabras, y las combinaciones de colores que hay a nuestro alrededor.
Este año he dejado de hacer todo esto. Y no ha sido a propósito, sino por accidente. El día a día me requería, y requiere, priorizar otros aspectos, y poco a poco fue dejando de importarme todo lo que antes me importaba.
A principios de agosto, casi de un día para otro, decidí irme a Florencia. Necesitaba cambiar un poco de aires.
Ver la Cattedrale di Santa Maria del Fiore me dejó literalmente sin palabras. También tuve la oportunidad de ver la estatua de David de Miguel Ángel Buonarroti y multitud de obras de Botticelli, Da Vinci, Gentileschi, y Caravaggio, entre otros, en La Galería de los Uffizi.


También visité la Cappella dei Principi de los Médici, y lo hice sin ninguna expectativa. No exagero si digo que jamás había experimentado una sensación tan intensa al ver o experimentar una obra. Entendí muy bien por qué al Síndrome de Stendhal también se le llama Síndrome de Florencia.

Podría describir mucho más detalles de todo lo que vi, pero la capilla de los Médici y las estatuas a medio terminar de Miguel Ángel Buonarroti en la Galleria dell’Accademia di Firenze fue lo que restableció esa conexión que se me había roto.

Me asombró ver desde tan cerca el trabajo hecho con el cincel, y entendí por qué se le atribuye esta frase a Buonarroti:
Ho visto un angelo nel marmo e ho scolpito fino a liberarlo.
(Vi el Ángel en el mármol y tallé hasta que lo puse en libertad.)
En resumen: tuve que irme a Florencia para volver a conectar con la parte de la artesanía que había perdido. Aunque la mayor parte de mi trabajo se mueve en el entorno digital, esto no significa que no pueda aplicarle el mismo tipo de cuidado, atención, y reflexión.
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